portada-16-renan-250.jpg Del archivo de Periódico de Poesía

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Archivo presenta una antología de Raúl Renán de poetas migrantes residentes en México.

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No. 101 / Julio-Agosto 2017


Transterrados: extensión de la poesía mexicana
 
 


Antología de Raúl Renán


Bernardo de Balbuena, señalado por Menéndez y Pelayo, "verdadero patriarca de la poesía americana", escribió con su alma española, una Grandeza a la nación donde llega. En su poesía, "sus predilectas imaginerías —apunta Méndez Plancarte en sus Poetas novohispanos—, nos hacen recordar a la lírica azteca": "a gozar fueron de las flores y aves, / süave olor y música süaves". La poesía que escribirán pronto los mexicanos reconoció la influencia del sentir y el habla de España.

México ha experimentado en sucesivas ocasiones el arribo de escritores de otros países. Poetas españoles de la república, argentinos, guatemaltecos, uruguayos, chilenos y en menor grado franceses y angloamericanos, han llegado por diferentes motivos y se han establecido temporalmente o para siempre, aquí continuaron su obra cargada con su cultura que ha influido en nosotros y asimilado a su vez la nuestra.

Todo esto nos invita a una reflexión. La poesía está siempre presente en la vida humana como la sangre. No hay poesía de conquista, la poesía es de común aliento. No se impone porque su fuerza es espiritual. Busca su medio de subsistencia y es la propia poesía en la que se prolonga. Me refiero desde luego a la poesía que sus creadores procedentes de otros pueblos escriben en el seno del que les dio tierra de cobijo.

Esta antología trata de ser una exposición, lo más completa posible, de los poetas activos hoy, que han venido de otras naciones no siempre latinoamericanas. Los diferentes registros, sus variotonos, sus aventuras idiomáticas, son una sucesión de imágenes del espíritu universal. A esa poesía la nuestra debe ciertos aires de cambio, como a su vez recibe de nosotros un influjo sutil inevitable.

Reciba pues el lector la primera entrega de lo que pretende ser total de aquí en adelante. Los autores se presentan en orden alfabético.




Juan Cervera


Me acuerdo

Me acuerdo de los madroños;
de las cerezas me acuerdo
y me acuerdo que he olvidado
mi memoria y tu recuerdo.
Me acuerdo que hoy fue ayer,
y en la rama del almendro
la alondra de la mañana
puebla el azul de jilgueros.
Me acuerdo de un puente rojo
y de un niño carretero.
Me acuerdo de un verde río
y de un anciano barquero.
Me acuerdo de las adelfas,
y de los juncos me acuerdo,
y no me puedo acordar
de tu rubio limonero.
Me acuerdo cuando mi tía
Vicenta regaba sueños
de enredaderas sonámbulas
y dormidos jazmineros.
Me acuerdo que ya olvidé
infinidad de recuerdos.
Una nube sin memoria
se va borrando en el cielo.
Me acuerdo que me he perdido
como una pluma en el viento
y no sé hacia dónde voy
y menos de dónde vengo.

México, D.F., 27 de nov. 1996


*Juan Cervera nació en Axati, provincia de Sevilla, Andalucía, el 24 de octubre de 1933. En 1968 llega a México, donde reside. Ha publicado más de treinta títulos, entre otros: Aguardada Aurora y El prisionero.




Gerardo Deniz


Fueradefase

                                                                                                        a Dolores Lince
los mártires indoblegables son un tanto excesivos
y de ellos será mejor no hablar ahora.
Más conmueven los lógicos sin esperanza,
quienes comienzan aguantando dos suplicios o tres
hasta empezar de pronto a proferir a voz en cuello
cuanto no les preguntaban.
Como son razonables,
para no improvisar tonterías manifiestas
(y volver a las andadas o agravadas)
confiesan otros secretos, muy significativos.
He aquí que los toman por taimados
pues parecen evadir la cuestión. Nada de eso:
lo que dicen lo saben, y es cierto —aunque ni se lo
escuchen.


Demográfico

                                                                           a Gabriel Magaña

Subes al metro cada mañana y pretendes
no conocer a nadie. Pues buen, sí,
claro que los conoces a todos, sí,
aunque se hayan pintado quizá ojeras, lunares,
quitado o puesto pelucas. Explotan tu mala vista.
Echaron suertes para escoger a quien hoy
no se disfrazaría de gitana
—y al descubrirlo llamas en alta voz: —¡Stetson!
Ahora, mientras hablas con ello, fíjate
cómo no apartan rostros morbosos los demás pasajeros:
son stetsons ellos también stetsons aunque disimulen.
El mayo más pagarás, te lo presagio yo.


*Gerardo Deniz nació en Madrid, España, el 14 de agosto de 1934. Radica en México desde 1942. Ha publicado Adrede (1970), Gatuperio (1978), Picos pardos (1987) y Amor y oxidente (1991), entre otros.




Saúl Ibargoyen


Al sur de septiembre

¿Tendrá la nueva primavera
una exacta memoria
de su fecha de nacer?
¿Todo este septiembre
de los aires del Sur
se alzará con el color
de la hierba que vuelve?
¿Será el mismo gorrión
que tropieza
con las usadas plumas
colgantes de un perdido cielo?
¿Habrá una breve mariposa
encendiendo su sombra
bajo los sabores de la luz?
¿La estirada carne
de aquella lombriz
será alimento
de los dientes sombríos
que abandonó el invierno?
¿La raíz que estalla
en uñas y cuchillos
quebrará por fin
su vaso de barro?
¿Podrá orinar
la anciana araña roja
en su jardín
de redes desoladas?
¿Alcanzará la hora
de su almuerzo verde
el caracol que huye
con su vientre a cuestas?
¿Habrá otro musgo
otro polvo masticado
sobre los huesos del padre
solos como la altura
de un árbol?
¿Habrá pétalos
en la lengua de aquel perro
que lama sin ladridos
su claro costado?
¿En la última línea
del río de hierro
crecerán otra vez
las velas negras?
¿Habrá una muchacha extranjera
que beba del agua de septiembre
antes de cantar?


*Saúl Ibargoyen nació en Montevideo, Uruguay, en 1930. Estuvo exiliando en México de 1976 a 1984; luego de residir en su país varios años, desde 1990 radica en el D.F. Su obra literaria llega a los cuarenta títulos, entre sus libros de poesía figuran: La última bandera (1995), Habana 3000 (1995) y Versos de poco amor (1996), además de cuento, novela y tres antologías de la poesía latinoamericana que preparó con Jorge Boccanera.




Frédéric-Yves Jeannet


Tendría que haber seguido…

Tendría que haber seguido escarbando la tierra suave, hasta alcanzar algún día el rigor, la aridez sin debilidad. En los cafés, junté estas notas esparcidas. Ya no oía las conversaciones. Los ruidos se desvanecían en la niebla. Me subí a un tren, al azar. En Barcelona, vuelvo a encontrar la noche suave, habitada y perfumada. Jacob Orfeo se está borrando en los espejos del bar donde tomamos una última copa juntos. En Marrakech, veo el desierto más allá de las palmeras. Aquí, la nieve invadió todo. Como refugio de lobos, calificó Rimbaud, el verano antes de su muerte, a la finca familiar de Roche. La nieve borra toda huella del trabajo humano en los campos. Estoy mirando estas oraciones, este archipiélago de oraciones, este simulacro de libro que me queda y es producto de más de diez años de escritura vana. Toda página, aunque sólo sea una carta, me cuesta un esfuerzo inverosímil. Cuando la vida se orienta hacia otra parte, escribir ya no tiene sentido Durante todos estos años, este libro se escribió en mí en una tormenta. En esta casa, bajo la nieve cegadora, donde sólo me salva el amor reinventado, quiero dejar por fin de torturar las palabras. Se me olvidó mi idioma. Se desvaneció en otros idiomas. Estoy caminando en el texto, en las páginas. Recorro las páginas como un desierto. Tienen la aridez del desierto y del invierno. Este idioma es extranjero. Pronto me iré, huiré de estas estaciones estériles. Buscaré el verano permanente. Tal vez me queden algunos años para aprender a callarme.


*Frédéric-Yves Jeannet nació en Grenoble, Francia, en 1959. Llegó a México en 1977. Se nacionalizó en 1987. Es licenciado y maestro en letras inglesas en la Universidad de Grenoble. Es maestro de francés y de teoría literaria. Es autor de los libros: De la distancia (un volumen de crítica, cartas y ensayos con Michel Butor) y de La luz del mundo.




Carlos Illescas


Trazan una línea blanca
                                                             Tal como va produciéndose el
                                                             sonido reverberante del rayo…
                                                                                           "La liberación"
                                                                                                        I Ching
                                                               
                                                         a mis amigos hebdomadarios de El Búho


Las golondrinas tardías transcurren
río arriba de las nubes. El verano
deshebra la tela de su vuelo; pero
un largo eco, cuerno de caza
del silencio, atempera otros sonidos
como a ramos de un sol impenetrable
a las llorosas lluvias de antaño.
Demoran, sin duda, en riscos altos, y
desoladamente yerbas, prenden el verdor
y no perciben el pasar del tiempo.
Son tardías al cenit y a los ocasos
al perder pie cercanas de los mares
desmenuzados en arenas con huellas
impresas por la noche anticipada.
Demoran como meditación temprana
entre un hervor de labios sin cerrojos;
y no la luz, sino el bozo de la sombra
acude al vuelo, amnesia sin fulgor;
con idea del color perdiéndose
y las olas, por fin, en movimiento.
Rostro de otros tiempos, son; ceños
dibujados tras un lápiz suplicante;
pero son, también, música del día
goteados los últimos acordes.
Y en su pendencia, ya raídos los luceros,
ellas siguen caminos conocidos
destinando en otras rutas sus pequeñas
venturas. Pasan sin mi pensamiento,
elegidas mutaciones de otra época
acuñada en el rubor de las manzanas
aún pendiendo del instante aniquilado.
Verlas pasar conforma simultáneos
aspavientos para el alma; más sueño
en vivo que realidad despierta, ellas,
las golondrinas, inquietan la estación,
el ínfimo peldaño sin escalas
abierto ya un arcón de sutilezas,
ruegos de ánimas celestes arpegiadas
sobre un piano, ataúd llamando el tedio.
Dejarán su huella en frutos grises
al madurar en la ribera del frutero;
ni más acá ni más allá de la pintura
gemida por un impresionista instado
a ser otoño de incansables primaveras.
Pasan en silencio, en retrato anónimo,
sorbidas en las libaciones de un bostezo
y sólo referencia son, lo auguran,
pobladas horas de otras golondrinas
tempraneras a la hora del íntimo nadir,
la luna, las mareas altas, las doncellas
suspirosas recortadas en los quicios.
Si pertenecen al más cercano olvido,
si dejaron el sentido en el tramonto,
si domicilio son de culpa sin pecado,
algo dicen irreferible en los portales
añejados por el perpetuo retornar
de sus puntuales compañeras. Ruinas,
encarnación del musgo, de la pelvis
de la muchacha adolescente, rigor
al mediodía, su parpadeo persistente
durante el rezo de los peregrinos
incitados por sus queridos epitafios.
Son tardías como la esperanza
y las uvas cuando someten al paisaje
al solo color de los racimos de cantarle
a faunos invisibles, en espera, siempre,
de sorprender al gladiolo de la ninfa.
Si no lo fueran, el vuelo cambiaría
el curso del celaje en su lujuria
de fuego parpadeando otros amores.
Ellas prefieren solamente geometrías,
el vuelo recto, el decimal inscrito
en el cuaderno de niños tartamudos.
Son exhalación. Tardíos raudales
de pequeñas naves impulsadas
a crueles horizontes sin salida
y a la magia del cálamo que llora;
largo en su fatiga tranco de las garzas
el impedirle al río su corriente repetida
con espejos de inconsciencia sosegada.
¿Y de dónde volverán sumisas
a los trenzados dedos memoriosos?
¿Quién sacude los cabellos de los ángeles
en la división de monte y vuelo,
cielo y ola liberados de su viaje?
Allá van con las formas de otros
tiempos metidos en las casullas
hacia el marfil de linajes esculpidos
en pechinas ampulosas bajo el coro
de templos sumergidos, pero en alto,
a ras del éter taraceado en infinito.
Golondrinas tardías cuyos nombres
nos ignoran, exilio del balcón donde
un día uncioso profesaron la fe
sin cautiverio. Vuelven. Vuelven.
Vuelven. Y al hacerlo somos otros
nombres del gemido y el mirar
con uñas y cabellos nunca con los ojos.
Yo os saludo, puntos infinitos
con mis alegrías de Centauro sordo
cercano al pasto sin verdura.
Del pañuelo, ya borroso el monograma.

Un día me llevaréis sin despertarme
hacia el tardío sol que aún alumbra.

México, D.F., noviembre de 1996


*Carlos Illescas, nació en Guatemala en 1918, reside en México desde 1944. Poeta, narrador y artista plástico. Es autor, entre otras obras, de Modesta contribución al arte de la fuga, poesía; y del libro Diez cuentos difíciles.




Hernán Lavín Cerda


La espiral de los cóndores
(fragmentos)

Allí están las moscas volantes que zumban, zumban
y zumban en el abismo de tus ojos, pero no,
Dios ha dicho que no son moscas
que van zumbando por encima de las nieves eternas,
¿no ves que son abejas de color ámbar muy oscuro,
no ves que son abejorros
con locura de atar y nunca desatar, no ves
que son abejas que van y vienen
zumbando por encima de las nieves eternas,
a las de 3.000 metros de altura sobre las aguas
umbilicales, las frías aguas del océano Pacífico?,
pero no, Dios dice que las moscas
no son abejas, y las abejas no son abejorros
ni son abejas, y aquel zumbido viene del corazón de las flores
convertidas en frutos, esos dedos que zumban
entre los cactus de color ámbar muy oscuro.
los dedos con sus espinas, como higos llenos de agua roja.

*

Milenaria, la tortuga levanta los ojos, observa los dedos del cactus
y muerde las espinas de color sangre, la sangre más antigua,
las espinas por donde caen las gotas de agua
de los higos, la más antigua miel translúcida.

Tres cóndores vuelan en una espiral de humo, ceniza y humo,
tres cóndores dibujan su vuelo sobre la cabeza enrojecida de la tortuga:
tres cóndores con el collar de plumas blancas, todas las plumas
del mundo alrededor del cuello, las plumas en espiral, las plumas eternas
en el vuelo de tres cóndores igualmente milenarios.

Ahora tiemblan los crótalos de la víbora de cascabel, ceniza y humo,
la víbora se estremece junto a dos iguanas de ojos de color ámbar
muy oscuro, como los dedos del cactus, los dedos con sus espinas,
y el sonido intermitente de los crótalos, el miedo
y la sospecha en espiral, el sonido
de los crótalos como higos llenos de agua roja.

Milenaria, la tortuga levanta los ojos, observa los dedos del cactus
y de pronto descubre los anillos de una boa de siete metros
que también muerde las espinas de color sangre, la sangre más antigua
y más ambigua, las espinas por donde caen las gotas de agua
de los higos, la más antigua miel translúcida:
por detrás de la boa cutos ojos han perdido casi la visión, fluye
el veneno de la yarará, esa víbora que tiembla, ceniza
y humo, bajo el vuelo en espiral de los tres cóndores.

El ñandú más antiguo ve cómo fluye el veneno de color ámbar muy oscuro,
y a lo lejos aparece y desaparece la sombra del Aconcagua
con sus 6.959 metros de altura:
por debajo del vuelo de los cóndores, hacia el abismo,
en la región umbilical del mundo, aparecen
y desaparecen las aguas torrenciales, el sonido de los crótalos
en las aguas de color sangre, la sangre más antigua del río Mendoza.


*Hernán Lavín Cerda nació en Santiago de Chile en 1939, vive en México desde 1974. Ha publicado más de una treintena de libros de poesía, ensayo y narrativa, entre los cuales destacan: El que a hierro mata (1974), Nueva teoría de la evolución (1985), Al fondo está el mar: figuraciones de España (1990), Por si las moscas: galas del trovar (1992), La inmortalidad y otras provocaciones (1996).




Francis Mestries


La diadema de la luna

Nos paramos a la sombra del Tepozteco del lado de las milpas. El verano hervía de insectos ebrios y de estiércol de vaca.
Comulgábamos en silencio en espera del prodigio. Los acantilados eran la nave gótica puesta a vibrar para los esponsales de la luna y el sol.
El silencio empezó a subir como una marea y se apoderó del valle. El sur se tiñó de oro. Lentamente se oscurecía el cielo y las nubes se cargaron de presagios de tormenta.
En los patios se acurrucaron las aves, los pájaros del monte enfilaron a sus nidos. Un asno enloquecido perforó el silencio morado con su queja alucinada. Las luciérnagas prendieron sus focos en los matorrales. En la cinta de asfalto los autos daban pasos de ciego a la luz de sus linternas.
Se respiraba una amenaza de tinieblas. El día se iba poniendo la careta de la noche.
Hormigas voraces carcomían la faz del sol, sus rayos se empañaron como una estrella lejana soplada por vientos cósmicos. La luna iba devorando al sol como la manta hembra se alimenta del macho luego de ser poseída por él: se iba tragando al sol para coronarse con los fulgores agónicos de su amante real.
Nos penetró el crepúsculo como un puñal.
Una pausa se hizo en el fluir de la vida, un sueño despierto, un ominoso presentimiento, una paz de sepulcro. Nos miramos y callamos.
De repente las lanzas del sol tronaron como trompetas sobre nuestras cabezas, el disco áureo emergió de su limbo de brumas, y el corazón de la tierra recobró su palpitar, su creciente estruendo de ladridos, rugidos de motor, cantos, risas, gritos y llantos.
El aire parecía más puro y brillante, limpio de escorias, a nuestros ojos y piel, como el primer destello del alba. Nos sumergimos en él como en un agua lustral.

Julio de 1991


*Francis Mestries Benquet nació en 1949 en Casablanca, Marruecos. Desde 1978 vive en México, donde trabaja como sociólogo rural en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha publicado en las revistas La Palabra y el Hombre, Vía Libre, Verdehalago y Fuentes (UAM). Es coautor de la antología poética Pandilla de Nubes (UAM, 1990) y autor del poemario Suelas de viento (UAM, 1996).




Eduardo Mosches


Siempre efímera

La dulzura de la vida
es siempre efímera.
Sorbo a sorbo
desciende el nivel de líquido
arrugas del anciano se divierten
sonrisas acompañan recuerdos.
Hamaca moviéndose brisa de cuerpos
sudor desplazando piel
coquetea al cálido aire
recuerdan
amores estrellados sobre la acera
furtivas lágrimas congeladas tras la mueca
prohibiciones de lo expresable
uñas mordidas hasta la raíz del pan duro
el presente: el recuerdo gastado de lo que pudo ser.
Dar vuelta al revés de las agujas
todo pasado fue mejor.
Sorbo a sorbo la arena se desliza
montañas escaladas sin llegar atrás de la cúspide
húmedo oasis vilipendiado por el sol
azúcares de lo no vivido y de aquello que casi alcanzamos
revuelve la cucharita el fango beber calcinante
arde la lengua hasta el tuétano del furor.
Manos arrugadas acarician piel de otras manos
memoriando recuerdos hurgar
amoroso instante pariendo presente
cintura retomada al ritmo de un baile susurrado
los años cuelgan como monos de las arrugas
brincan de rama al torrente evocación.
Nadar cara al viento del momento
placer de vivir
luz atravesando el ojo de tiniebla
acción redonda
aterrizaje en la pasión miedosa de existir.

Esperar el agua móvil de la mortalidad.
El río no llega a caber
dentro del vaso que bebemos.


Soplar al tiempo

La enredadera de los años
va tejiendo con humildad
y cierta displicencia
este gobelino a colores
la enramada de vivencias
se enreda entre los ojos
para vislumbrar
con ternura candente
la vida
haciéndose y deshaciéndose
alumbrando los rincones
que queremos ocultar
o desconocemos.
Alumbrarnos en las velas
de los cumpleaños
que ya no se prenden
pero deseamos
que nos reconozcan reconocer.

Sentirse unido a la tristeza
melancolía de los años que pasan
propios y ajenos
ininterrumpidamente
desfilan como nubes deshiladas
bajo las montañas plagadas de senderos
bosques e incendios por sequía
para seguir existiendo
bajo la temperatura del sol.

La acera quebrantándose con los temblores
el parto prematuro de una vida
desaparecen los caminos construidos
camiones que avanzan sin chofer
sólo creando rutas
en la inmensidad de lo desconocido.
Es posible navegar
formar puertos movibles
que deseen anclarse a las naves
para uncirse a los vientos
inflar el velamen perdido
mientras el deseo de amar
se una al sendero de los arcoíris.

El asombro de lo inestable
llena la pérdida
de los ritos amorosos.
Buscar la permanencia
es la ilusión
en estos tiempos.

Los años seguirán marchando
en su raída caminata.


*Eduardo Mosches nació en Buenos Aires, Argentina en 1944. Reside en México desde 1976, está naturalizado mexicano. Dirige la revista literaria Blanco Móvil y ha publicado los poemarios Los lentes y Marx, Los tiempos mezquinos y Cuando las pieles riman.




Angelina Muñiz-Huberman


Oído desatento

fue el claro dentro de la isla abandonada
lo que me hizo añorar una y otra vez

lo llamé isla en la isla
con la alta palma real
y los cocos a punto de caer.

fue el claro

y el brillo del machete en el cañaveral.

a plena luz del día, agobiante
sin agobio para mí:
otoño del trópico que no es otoño

entre el rumor de insectos
zumbido de la cigarra
canto del pájaro totí
un círculo de piedras
marcó el lugar de la confesión

niña entonces, olvidé la confesión:
mi madre hablaba, hablaba,
no paraba de hablar:
todo me lo dijo:
nada guardé

sólo quedó la luz hiriente del claro
la enorme sombra de la palma real
y el destello irisado
del machete en el cañaveral

el círculo de piedrecillas
pulidas como arena de mar
espejeaba rostros sin forma
pieles sin tono de color:
imperturbable calma alrededor

el círculo gris piedra
el reflejo plata de agua
la sombra y el tronco acero
ni siquiera el tiempo recordaban

en el claro era el claro

en el círculo era el círculo

en la sombra era la sombra

precisa confesión de palabra no escuchada
¿de qué sirvió el esmero en oído desatento?
cuchillos que no blandieron agua de río
campanas que no tocaron a rebato
plaza que no emprendió su defensa

el sol se ponía y era mayor el descuido
antiguos guerreros de lanza y espada
borraban con su paso el círculo herido

no llegó la hora del retorno
ni la almohada anunció el reposo

de niña, en el claro, no supe guardar la historia

¿serían sus sueños de infancia?
¿la aceituna que no supo varear?
¿las sendas que mancilló?
¿las rutas por las que no marchó?
¿el error, el desacierto?
¿la caricia que no recibió?
¿el dolor más grande que el dolor?

¿qué era aquello que mi padre me contaba?
¿por qué en el claro ocurría la confesión?

y yo, ¿por qué dejé de escuchar?
historias que no pudieron ser historias
luz apretada, luz envolvente, luz de isla

si era la hora de regresar
el camino cintilaba en breves trechos
había que apartar los altos matorrales
desbrozar una nueva claridad hiriente

eran nuestras las marcas y de nadie más
lugar recóndito, perfecta secreta sagrada morada
en lo escondido del monte, donde solos,
no sabíamos
que un padre y una hija en ese iluminado momento
caminaban al largo paso de su impensada separación.


*Angelina Muñiz-Huberman nació en Hyères, Francia, el 29 de diciembre de 1936. Vivió en Caimito del Guayabal, Cuba, de 1939 a 1942. Llegó a México en marzo de 1942. Ha escrito, entre otros libros, Huerto cerrado, huerto sellado (1985), Hacia Malinalco (1986) y El ojo de la creación (1992).




Carmen Nozal


Ámbar

Dijeron nube
y las torres se avergonzaron
y se inclinaron los colores grises:
se hicieron arcos;
las piedras se llenaron de rubor,
dieron a luz un parpadeo,
dijeron la palabra
amanecía.
Las piedras son las nubes de la tierra,
las nubes, recuerdos del cielo.
Llovizna
y en los campos florece la memoria.
Una muchacha la contempla,
la corta,
la vuelve margarita,
deshoja un libro,
vuelan poemas,
se pierden versos.
Otra muchacha los encuentra
y el mundo cambia sus imágenes:
el día se llena de invocaciones,
el día se derrama en las palabras,
el día se jicarea.


*Carmen Nozal nació de Gijón, Asturias, España, el 30 de noviembre de 1964. Reside en la Ciudad de México desde 1986. Ha publicado entre otros libros: Aquamor, Visiones de piedra, Viaje al fondo de la o, El espejo de Luzbel, Vagaluz, y Acueductos del sueño.




Ramón Xirau


Presència

Què cerco en aquest món,
sinó la teva veu silenciosa
que en el mar posa amor i troba amor?

Però les llums de la cíutat especulen
amb el níquel de les finestres
y no hi ha vida que ni tingui
algún principi pur,

ni naixença sense mort,
ni esclat sense escuma,
ni negació total sense presencia.

Què cerco en les coses,
sinó la teva petjada flamejant,
la teva ferida lluminosa
en les fulles tremoloses dels ocells?

Naixença sense mort,
vida que em cerca, em mura,
on és la teva mar secreta,
inmòbil com el temps
de la sageta?

Una veu de desert vibra en les faunes
diminutes de l'abre.


Presencia

¿Qué busco en este mundo, sino
tu silenciosa voz
que en el mal pone amor y encuentra amor?

Pero las luces de la ciudad especulan
con el níquel de las ventanas
y no hay vida que no tenga
algún principio puro,

ni nacimiento sin la muerte,
ni estallido sin espuma,
ni negación total sin la presencia.

¿Y qué busco en las cosas,
sino su huella llameante,
tu herida luminosa en las hojas
trémulas de pájaros?

Nacimiento sin muerte,
vida que me busca, me enmuralla,
¿dónde tu mar secreto,
inmóvil como el tiempo
de la saeta?

Una voz de desierto se estremece en las faunas
diminutas del árbol.


V

Mesa, madeira posta
próximo dos homens: pero corte
da plaina,
a lixa ríspida,
a cera sobre o betume, os nós;
e dedos tacteando
as últimas rugosidades;
morosamente; com o amor
do carpinteiro ao objecto
que nasceu
para viver na casa;
no sítio destinado há muito;
como se fosse, quase,
uma criança da familia.


V

Mesa, madera puesta
cerca de los hombres; por el corte
del cepillo,
la lija áspera
la cera sobre el resanador, los nudos;
y dedos tocando
las últimas rugosidades;
lentamente; con el amor
del carpintero hacia el objeto
que nació
para vivir en la casa;
en el sitio destinado hace mucho;
como si fuese, casi,
un niño de la familia.


VI

O pássaro; a su anatomia
rápida; forma cheia de pressa,
que se condensa
apenas o bastante
para ser visível no céu,
sem o ferir;
modelo doutros voos: nuvens;
e vento leve, folhas;
agora, atónito, abre as asas
no deserto da mesa;
tenta gritar às falsas aves
que a norte é diferente:
cruzar o céu com a suavidade
dum rumor e sumir-se.


VI

El pájaro; su anatomía
rápida; forma llena de prisa,
que se condensa
sólo lo bastante
para ser visible en el cielo,
sin herirlo;
modelo de otros vuelos; nubes;
y viento leve, hojas;
ahora, atónito, abre las alas
en el desierto de la mesa;
intenta gritarles a las falsas aves
que la muerte es diferente:
cruzar el cielo con la suavidad
de un rumor y desaparecer.


VII

Cavalo; reprodutor
de luz nos prados; quando
respira, os brônquios;
dois frémitos de soro; exalam
essa névoa
que o primeiro sol transforma
numa crina trémula
sobre pastos e éguas; mas aqui
marcou-o o ferro
dos lavradores que o anjo ignora;
e endureceu-o de tal modo
que se entrega;
como as bestas bíblicas;
ao tétano, ao furor.


VII

Caballo; reproductor
de luz en los prados; cuando
respira, los bronquios;
dos relinchidos de suero; exhalan
esa niebla
que el primer sol transforma
en una crin trémula
sobre pastos y yeguas; pero aquí
lo marcó el hierro
de los labradores que el ángel ignora;
y lo endurece de tal modo
que se entrega;
como las bestias bíblicas;
al tétano, al furor.


VIII

Outra mulher: o susto
a entrar no pesadelo;
oprime-a o ar; e cada passo
é apenas peso: seios
donde os mamilos penden,
gotas duras
de leite e medo; quase pedras;
memória tropeçando
em árvores, parentes,
num descampado vagaroso;
e amor também:
espécie de peso que produz
por dentro da mulher
os mesmos passos densos.


VIII

Otra mujer: el susto
entrando en la pesadilla;
la oprime el aire; y cada paso
es solamente peso: senos
de donde los pezones hacen caer,
gotas duras
de leche y miedo; casi piedras;
memoria que tropieza
en árboles, parientes,
en un descampado lento;
y amor también:
especie de peso que produce
por dentro de la mujer
los mismos pasos densos.


IX

Casas desidratadas
no alto forno; e olhando-as,
momentos antes de ruírem,
o anjo desolado
pensa: entre detritos
sem nenhum cerne ou agua,
como anunciar
outra vez o milagre das salas;
dos quartos; crescendo cisco
a cisco, filho a filho?
as máquinas estranhas,
os motores com sede, nem sequer
beberam o espírito das minhas casas;
evaporaram-no apenas.


IX

Casas deshidratadas
en el alto horno; y mirándolas,
momentos antes de caer,
el ángel desolado
piensa entre detritus
sin ninguna dureza o agua,
¿cómo anunciar
otra vez el milagro de las salas;
de los cuartos; que crecen cisco
a cisco, hijo a hijo?
las máquinas extrañas,
los motores con sed, ni siquiera
bebieron el espíritu de mis casas;
lo evaporaron solamente.


X

O incêndio desce;
do canto superior direito;
sobre os sótãos,
os degraus das escadas
a oscilar;
hélices, vibrações, percutem os alicerces;
e o fogo, veloz agora, fende-os, desmorona
toda a arquitectura;
as paredes áridas desabam
mas o seu desenho
sobrevive no ar; sustém-no
a terceira mulher; a última; com os braços
erguidos; com o suor da estrela
tatuada na testa.


X

El incendio baja;
del ángulo superior derecho;
sobre los áticos
los peldaños de las escaleras
oscilando;
hélices, vibraciones, golpean los cimientos;
y el fuego, veloz ahora, los raja, desmorona
toda la arquitectura;
las paredes áridas se desploman
pero su dibujo
sobrevive en el aire; lo sostiene
la tercera mujer; la última; con los brazos
erguidos; con el sudor de la estrella
tatuada en la frente.


*Ramón Xirau nació en Barcelona en 1924. Filósofo y poeta. Llega a México el mes de agosto de 1939. "Poeta del entusiasmo y de la contemplación" (Octavio Paz). Su obra poética: Diez poemas, 1951; El espejo enterrado, 1955; Las playas, 1974; Dicho y descrito, 1983 y Pájaros, 1985.