No. 36 / Febrero 2011


“Oh quanto é corto il dire!”

Mística y Poesía
Por María Auxiliadora Álvarez
 

 

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Dante Alighieri
Si bien constituye una empresa sobremanera difícil escribir poesía de muy alta densidad, en la misma proporción resulta difícil no escribirla ante una intensa experiencia. La inclusión del silencio como materia activa de la escritura ocupa un lugar de particular significación entre el devenir de la experiencia poética y el devenir de la palabra poética. Desde el punto de vista de la ausencia de sentido, el silencio vacío puede entenderse de manera negativa; pero desde el punto de vista de la transformación del sentido, el silencio pleno (del trasunto de la mística) comprende una significación positiva. Consciente del riesgo de perder su ser al ganarlo, el esfuerzo de la palabra que interrumpe su propia contención, pugna a la vez por preservar su matriz de silencio. Aunque implícito en la poesía mística por antonomasia, el proceso no es particular del lenguaje inefable sino de la insuficiencia de la palabra per se con relación a la plenitud poética: “¡Oh quanto è corto il dire e come fioco al mio concetto!” (Dante, Divina commedia). 

Las intensas corrientes de la experiencia poética y de la experiencia mística suelen entrecruzar el mundo denominado y el mundo no denominado. La “música callada” de San Juan de la Cruz, por ejemplo, no es un oxímoron sino una representación de Dios (Comentarios al Cántico espiritual); y aunque César Vallejo no desglosó el contenido de su estruendo mudo (XIII, Trilce), ni José Ángel Valente lo hizo con su “largo toque de silencio” (La mentira), ambos integran a la enunciación la función connotativa del silencio. Trabajando por separado, lenguaje y silencio resultan insuficientes para contener la totalidad del sentido que desea ser expresado, pero al complementarse, igualan su peso participativo en la traducción del objeto experiencial.

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José Ángel Valente
Tanto San Juan como Vallejo y Valente confrontaron la privación involuntaria de escribir y también el acto de escribir sin poder escribir. San Juan declaró que no solamente no podía escribir sino que además no quería: “porque veo claro que no lo tengo de saber decir” (Comentarios al Cántico espiritual). César Vallejo explicó que no podía escribir sin que “le [saliera] espuma” porque la “carne es de llanto” (“Intensidad y altura”), y “la alondra se pudre en el corazón” (Oración del camino). José Ángel Valente necesitó una palabra distinta para construir un mundo otro: “Escribo sobre las humeantes ruinas de lo que creímos/ con palabras secretas/… desde la infinita progresión de la sombra” (Sobre el tiempo presente), y en este sentido, la semi-desaparición de la palabra cumple una operación de refundación. 

mistica-cesar-vallejo.jpgEn Vallejo, el problema de la precariedad de la palabra fue una de las preocupaciones más recurrentes, y ya no en idea sino en hecho, la hizo reaparecer una y otra vez en una imagen de pájaro en antítesis de sí mismo (recordar su famoso poema “Y si después de tantas palabras….”), o en un pájaro muerto por mano ajena, aunque su desarrollo fuese propio: “esta tórtola mía, nunca nuestra/ diseñóse, borróse, ovó, matáronla” (Al revés de las aves del monte). Además del sentido cristológico subyacente, es de notar que la particularidad gramatical de los últimos cuatro vocablos rememoran fuertemente el modo sanjuanista: “quedéme”, “olvidéme”, “dejéme”, en Noche oscura del alma.

El continuo forcejeo de Vallejo con(tra) la inoperatividad de la palabra escrita irrumpió también en la pasividad de la sintaxis con la incisión fonética de la queja: “¡No mueras. Te amo tanto/ Pero el cadáver ¡Ay siguió muriendo!” (Masa). A través de una lucha similar, Valente sustrajo del verbo el sentido instrumental para ofrecerle a cambio una propiedad de ebullición más permanente: “la palabra vacía de sí, desposeída de sí, perpetuamente capaz de un nuevo alumbramiento” (La primacía, Hermenéutica y mística). Otras incursiones de Valente hacia la repotenciación del lenguaje incluyen el empleo de la paradoja y el oxímoron: “te devoraríame a vosotros” (Tres devoraciones); “sombras luminosas” (Requiem); “[mujer oscura], envilecida, sacra” (“Hojas de sibila”). San Juan por su lado, se ocupó de deshacer la apariencia del oxímoron en su escritura al explicar la conjunción de las categorías conceptuales (realidades naturales y sobrenaturales) en sustitución de las figuras literarias (Comentario al Cántico espiritual).
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San Juan de la Cruz

Del roce de la lengua con sus propios límites nacen también el impulso y la concreción del metalenguaje. De San Juan sobrevienen los vocablos obumbración, divinal, visear, vibramientos; de Vallejo: Trilce, chirapa, espergesia; de Valente: impresencia, sobremuerte, desnacer. ¿Será posible ingresar en una inefabilidad particular de la lengua a través de estos saltos o hallazgos fulgurantes? La escritura paradójica es una de las pruebas de la experiencia poética y/o de la experiencia mística, como también de la imposibilidad de expresar la integridad de la vivencia en palabras: “no se ha de saber decir, ni el entendimiento lo sabe entender, ni las comparaciones pueden servir de declararlo” (Santa Teresa, Las moradas). Cuatro siglos después de Santa Teresa, Lezama Lima también percibió con horror la esterilidad del entendimiento para producir nueva vida (en el sentido y en la lengua): “Dios mío, el entendimiento entrando en los cuerpos. El entendimiento supliendo a la poesía, la comprensión regida tan sólo por el pensamiento. Esa comprensión sería un limitado mundo gaseoso que envolvería el planeta, sin llegar nunca a la intuición amorosa que penetraría en su esencia, como el rayo de lo impulsado por el propio destino” (Cita de Juan Goytisolo, Palmera y mandrágora).

Mística y poesía se reúnen a través de la escritura experiencial. La palabra de la enunciación extática emprende un viaje fuera de sí a través de las fisuras, los estallidos y las rupturas de su conformación natural. En el vértigo de su (de)construcción, la palabra alcanza su total autonomía y entera libertad. Asistimos, preparados o no, al éxtasis de la lengua. Donde el silencio pleno sea tal vez el único capaz de sobrevivir sin tener que transformarse.

 






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